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Blog Me Tender

Sábado, 25 de junio de 2005

Joy Division y la sinrazón de Curtis

En materia musical, los momentos históricos pocas veces se reconocen en el instante de su labranza. Tienen que esperar a que el tiempo ratifique su trascendencia e incluso dé a los sucesos trágicos un acento mítico, con frecuencia innecesario.

En plena explosión punk, Joy Division, como The Velvet Underground en el pico de la psicodelia, fue apreciado por una minoría. Mas a diferencia del grupo liderado por Reed y Cale, el cuarteto de Manchester debió su reducida difusión a su corta existencia (1977-1980), determinada ante todo por Ian Curtis, cantante y compositor que se quitó la vida abrumado por un triángulo amoroso incapaz de resolver y, de manera tangencial, por una epilepsia cada vez más incontrolable.

Con una discografía pequeña (dos álbumes oficiales y varias antologías), Joy Division se ha convertido en piedra de toque para múltiples subgéneros (dark, trance, tecno, dance). Por eso, la aparición de Heart and Soul (London Records/PolyGram, 1997), caja de cuatro discos que a ocho años se está desintegrando por la nula resistencia de su pegamento y que incluye —con pocas excepciones— todo lo que el grupo grabó y lanzó, permite conocer en detalle la historia de un grupo angustiante que se valió de las sombras para darle luz al futuro.

Manchester es una urbe cerrada, sin aura romántica. Sus edificios y el ánimo de sus pobladores han sido degradados por la contaminación que abunda en el aire. El 20 de julio de 1976, para cantar un himno de odio al aburrimiento en esa somnolienta comunidad, los Sex Pistols tocaron en el Lesser Free Trade Hall, llevando como teloneros a Slaughter and the Dogs y Buzzcocks (banda debutante y oriunda de esa ciudad). Entre el público se hallaban Bernard Sumner, Peter Hook y Terry Mason, condiscípulos en Salford, que luego de impregnarse de la energía de Rotten y compañía se animaron a sacudirse el letargo con la adquisición de guitarras y una batería. Pero muchos son los llamados y pocos los elegidos: Terry no tuvo cualidades de cantante ni de baterista y quedó una vacante en ese grupo aún sin nombre. Tras poner un anuncio en una tienda de discos, recibieron una llamada de Ian Curtis, quien también había visto a los Pistols, solicitando una audición.

Curtis, pivote y figura trágica de Joy Division, nació en 1956 y su adolescencia se vio marcada por David Bowie y el insaciable conjunto de discursos autodestructivos que éste manejaba a principios de los setenta: Jacques Brel, Lou Reed, Velvet Underground, J.G. Ballard y William Burroughs. Sin embargo, como muchos de sus compañeros que habían desertado de la escuela, Curtis se vio obligado a trabajar en puestos menores e incluso a redoblar esfuerzos tras contraer matrimonio con Deborah Curtis en 1975. En ese ámbito de frustraciones continuas y anhelos cifrados en los libros y discos, Ian optó por la música. Mas la que llegó a ofrecer a Sumner y Hook sólo era deudora del punk por su energía. Bernard Sumner ha recordado: “Las influencias de Ian parecían ser la locura y la esquizofrenia. Nos contó que una pariente suya había trabajado en un manicomio y solía relatarle cosas sobre personas con 20 pezones y dos cabezas, causándole una gran impresión. De hecho, cuando se comenzaba a formar Joy Division, Ian laboró en un centro de rehabilitación para personas con problemas físicos y mentales. Eso lo afectaba mucho”.

Con el nombre de Warsaw (proveniente de la canción “Warzawa”, del álbum Low de Bowie) el trío se contagió del ánimo que provocó la aparición, en diciembre del 76, del EP Spiral Scratch, de sus paisanos The Buzzcocks, producido por Martin Hannett, mostrando que la nueva música independiente podía encontrar otros canales de distribución. Así, luego de que entre 1976 y 77 dos bateristas más entraron y salieron, el sitio definitivo lo obtuvo Stephen Morris.

Con material que acusaba la presencia de ritmos repetitivos y cadencias hipnóticas, Warsaw debutó el 29 de mayo de 1977 en The Electric Circus, en Manchester, sin provocar comentarios alentadores en la prensa de entonces, escéptica acaso con grupos que brotaban como hongos. Con Hannett como productor, el grupo grabó el EP An Ideal for a Living (Enigma), dejando claro que su sonido abogaba por una pesadez más cercana a Bowie que a Ramones, sin dejar sus integrantes de advertir que aun en el estudio estaban “aprendiendo en dónde poner los dedos en la guitarra y saber qué tipo de amplificadores teníamos que usar”.

En esos días apareció un álbum acreditado a un olvidable grupo punk, denominado Warsaw Pakt, por lo que Warsaw decidió cambiar su nombre, adoptando el de Joy Division, basándose en la novela sencionalista The House of Dolls de Karol Cetinsky, que aborda los dramas en los campos de concentración nazis, donde “joy division” era el sitio en que eran forzadas las jóvenes judías a practicar la prostitución.

Con ese nombre el cuarteto debutó en enero de 1978 en la discoteca Pips, en Manchester, y tal concierto fue memorable —a decir de muchos— por la trifulca que se armó entre el público, donde abundaban más punks deseosos de oír llamados a la anarquía que piezas hipnóticas acerca de la alienación. Tres meses después, Tony Wilson, conocido conductor televisivo y dueño del club The Factory, impresionado por su música y actitud, contrató al conjunto para que se presentara regularmente en aquel espacio, por lo que no fue extraño que al fundar con Alan Erasmus el sello Factory Records, el primer grupo firmado fue Joy Division, dejando dos temas suyos en A Factory Sampler, al lado de Cabaret Voltaire y John Dowie.

La atención al grupo comenzó a crecer y en abril de ese año sus miembros entraron al estudio para realizar, en RCA, un álbum de 11 temas. Pero su crecimiento se estaba dando de manera tan rápida que, al terminar la grabación, lo grabado les pareció obsoleto. A ello contribuyó la mezcla de Richard Searling, quien insistió en añadir sintetizadores para obtener un “sonido más profesional”. Se decidieron a no editar el álbum, y de dichas cintas se derivaron innumerables discos piratas.

El sonido de Joy Division se había depurado en pocos meses: Steve era en la batería como un reloj sin adornos: pasivo pero dominante; Peter Hook tensaba las cuerdas de su bajo casi a punto de reventar y se encargaba de la melodía; Bernard Sumner transformaba sus arpegios de guitarra en base rítmica, e Ian Curtis era la corporeidad del frenesí y la angustia, bailando con el compás que le marcaba la epilepsia, y expulsando sus demonios con canciones alusivas a infiernos literarios (“Colony” se basaba en El corazón de las tinieblas de Conrad; “Atrocity exhibition” se derivaba de una novela de Ballard, y “The Eternal”, acerca de un universo cifrado en la casa y el jardín, era un caso real: Curtis recordaba a un niño con síndrome de Down que nunca podía salir de esos territorios y que había sido vecino suyo).

La proyección del grupo aumentó con su segunda presentación en Londres (la primera fue un fracaso rotundo), con su paso por Radio One, conducido por John Peel, y la aparición de Curtis en la portada de New Musical Express. Genetic, un subsello de Warner, les ofreció 40 mil libras por grabar un álbum, pero Joy Division creyó más en Factory Records, y sin un contrato firmado se metió en abril de 1979 a Strawberry Studios, con Martin Hannett en la producción. De allí emergió Unknown Pleasures, álbum debut que describió como ningún otro la atmósfera de claustrofobia que entonces se respiraba en gran parte de Inglaterra.

El grupo detestó el álbum porque Hannet había bajado el volumen pesado de las guitarras y lo había llenado con tonos bajos, oscuros. Mas la respuesta aprobatoria de público y prensa les hizo desistir de su rabieta. Llegó al número 71 en los charts y las ventas se consideraron ejemplares para un sello al margen de la gran industria.

Pero dentro del grupo las cosas no marchaban bien: Curtis cambiaba de humor constantemente y sus compañeros no sabían cuándo estaba payaseando o cuándo su ira era auténtica. Comenzó a canalizar su coraje hacia su esposa; embarazada, le había prohibido acompañarlo a los conciertos y aun a los ensayos. Descuidó su tratamiento contra la epilepsia y eso le provocó periodos de depresión y estancia en hospitales. En octubre del 79, Joy Division se embarcó en un gira por Europa, abriendo 24 conciertos a los Buzzcocks. En Bruselas, Ian conoció a Annick Honoré (bautizada después por la banda como “el boiler belga”) y se enamoró de ella. De regreso a Inglaterra las discusiones maritales se hicieron más agrias y su culminación fue la hospitalización de Ian tras tomarse una botella de whisky e intentar cortarse las venas.

Durante dos semanas de marzo, en un ambiente de distanciamiento hacia los otros por parte de Ian —quien no se separaba de Annick—, Joy Division empezó a grabar el que sería su segundo disco: Closer. Las letras de Curtis se habían hecho más introspectivas, muy relacionadas con su situación emocional. Pero si el redondo llegó al sexto lugar de ventas no se debió nada más a su excelente contenido sino a una historia lejana al factor musical: la enfermedad del cantante se había hecho evidente en varios conciertos y el público parecía exigirle un autosacrificio. Deprimido, Curtis intentó suicidarse el siete de abril con una sobredosis de fenobarbital. Fracasó y todavía intentó presentarse al día siguiente en un concierto en el Derby Hall. Su estado era lamentable y lo conminaron a retirarse. Cuando se enteró de que la presentación había acabado en una lluvia de botellas de cerveza, puesto que Simon Topping, de A Certain Ratio, no había sido aprobado como sustituto por el auditorio, volvió a deprimirse.

Deborah Curtis interpuso una demanda de divorcio, dado que Ian ni siquiera le daba dinero y ella tenía que trabajar como mesera en un bar. Los integrantes del grupo y otros amigos se encargaron de cuidarlo durante su recuperación en la sala de terapia y, más optimistas, comenzaron a elaborar el video del tema “Love Will Tear Us Apart” y a planear la primera gira por Estados Unidos, que iniciaría el 19 de mayo.

El 16 de mayo, emocionado, Ian compartió el júbilo por la inminencia del viaje con Peter Hook. El sábado regresó con Deborah, y tras un largo pleito, ésta se marchó a la casa de sus padres, donde la esperaba su hija, Natalie. Solo, Ian puso en la videocasetera la cinta Stroscek de Werner Herzog, tomó café y wkisky en cantidades anormales. En la madrugada del domingo, en el tornamesas puso repetidamente el álbum The Idiot de Iggy Pop. Descolgó una fotografía familiar, escribió una carta para Deborah jurándole que sólo a ella la había amado, y luego de dejarla en la mesa del comedor se dirigió a la cocina. Allí se subió a la lavadora, pasó por su cuello el lazo para tender ropa y saltó. Deborah lo encontró, muerto, al mediodía.

Por: Zuz Pop | Si tienes tiempo... | Comentarios (0) | Referencias (0)

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