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Jueves, 30 de junio de 2005
Hace algunos años las plañideras los convirtieron en objeto de sus arrebatos. Se pronunció más de un réquiem en su honor y no fueron pocos los que se lanzaron a conseguir las —eso creían— últimas agujas de diamante con la misma desesperación que se adquirirían frijoles enlatados en vísperas de un ataque nuclear.
Con el ascenso del CD, las grabaciones en vinilo parecía que iban rumbo al panteón sonoro (ése donde yacen el cartucho de ocho tracks, el cassette y el sencillo de 45 revoluciones por minuto), en tanto los melómanos recibían con resignación una nueva encomienda: encaminar su fetichismo hacia esos asépticos discos de policarbonato plástico, acrílico y aluminio que giran a 350 RPM. Tarea difícil si se piensa en las sólidas cadenas forjadas entre el vinilo y la devoción al sonido: En la prehistoria uno compraba fundas de plástico para evitar que manos desatentas maltrataran las fotografías e ilustraciones de las portadas; una huella digital sobre los surcos era una fatalidad sólo comparable al “No aprobado” en la boleta de calificaciones; la colocación de ese precioso objeto en el tornamesa se hacía con el mismo cuidado de un cirujano en el quirófano; los saltos y scratches se iban convirtiendo en parte inherente de las canciones; se podía ofrecer una larga disquisición sobre por qué el celofán de los discos importados —y ya no se diga de los traídos desde Reino Unido— honraba más y mejor a los álbumes, y en el colmo de la devoción, después de abrir el plástico protector se podía inhalar con ganas en el interior de la funda (con el consecuente susto de los familiares) para llenar los pulmones de ese único efluvio a plástico, tinta y papel que le daba al LP un atractivo extra.
Mas de pronto, todo eso se acabó porque el disco compacto, con su maniobrabilidad y sus virtudes sonoras casi imperecederas, empezó a ocupar espacios estratégicos en casa. Los álbumes más nuevos dejaron de llegar en esa apreciable envoltura de mil 800 centímetros cuadrados (si se considera portada y contraportada) y en la mayoría de los casos, cuando arribaron las reediciones en compacto con tracks extras y sonido remasterizado, aquellos tuvieron que guardar un doloroso silencio.
Pero ni la facilidad de oír 70 minutos de música de manera ininterrumpida ni la nitidez a prueba de dedos bárbaros han derrotado al flexible plástico. En años recientes, los sellos con seres inteligentes detrás de los escritorios han vuelto a editar en vinilo (tirajes pequeños, es cierto, pero cuidados hasta el mínimo detalle y muchos de ellos, paradójicamente, con tracks extras frente a la edición en compacto) y aún aquellos que guardaron sus LPs en el cuarto de trebejos para que se volvieran alimento del olvido, han descubierto que muchos disc jockeys y escuchas ven joyas donde ellos contemplan meros estorbos (basta nada más ver cuántos billetes se manejan en los sitios de subasta por internet).
Cuando se tiene tiempo y ganas de aprehender a la música con todos los sentidos, invariablemente se vuelve al LP porque, igual que una mujer, porta certezas y enigmas. De las primeras cada quien puede dar fe personal según sus gustos, mas los otros son comunes a todos sus amantes: ¿Cómo y por qué los lomos y particularmente las esquinas van perdiendo, en trozos milimétricos, el delicado papel que contiene el color de la portada, hasta el infausto día en que yo se sabe de qué disco se trata? ¿Qué ha pasado con esos minúsculos pedazos? ¿Flotan acaso en las habitaciones y convertidas en partículas ingresan hasta los pulmones del devoto al sonido? ¿Por qué el vinilo parece aumentar su grosor una vez que está callado en su funda, dejando una huella redonda en el cartón de su cubierta? Imposible saberlo. Lo único cierto es que esa portada —lustrosa, opaca, plastificada o no, de diseños extravagantes o sobrios—, con la huella evidente del cuerpo redondo que lo marca y le da utilidad, es un reflejo, fiel y firme, del espíritu de un melómano. Hay cicatrices que duran para siempre.
Por: Zuz Pop | Reflexiones | Comentarios (1) | Referencias (0)
tu texto está muy nostálgico A mí también me duele que hayan desaparecido los acetatos o que ya no estén con igual presencia No tengo muchos pero tampoco quiero deshacerme de ellos Algunos me los tiene "guardados" uno de mis hermanos EL dark side traía unos posters que incautamente clavé (ay!) en la pared y además las orillas se han desgastado (debe ser algún hongo bacteria o algo así)
saludos
Verónica Jiménez Reyes
Verónica | 05-07-2005 03:06:57