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Blog Me Tender

Sábado, 02 de julio de 2005

Cuando The Beatles estremecieron a Estados Unidos

Durante 14 días The Beatles estuvieron en Estados Unidos durante su primera visita y aunque crucial fue su presentación en el Ed Sullivan Show, los epicentros que consignó la prensa trascendieron, por mucho, a lo que todos esperaban. Los siguientes fragmentos provienen de una crónica aparecida en The Saturday Evening Post, en marzo de 1964, y ofrecen una idea de lo que ocurrió cuando los Fab Four se encontraban con sus fans.

Al Aronowitz

Brian Sommerville es un londinense calvo de 32 años con mandíbula prominente que parece lista para decir siempre algo importante. En el Aeropuerto Internacional Kennedy en Nueva York, el 7 de febrero, de 1964, la mandíbula de Summerville se proyectaba tan lejos que le parecía casi imposible abrir la boca. Un millar de adolescentes gritones serpenteaba la delgada cuerda blanca de nylon que había sido colocada en el lobby de la terminal. Tres mil más lanzaban vítores detrás de las ventanillas pandeadas en la parte superior del edificio. Todos se había ido de pinta por invitación de los locutores neoyorquinos.

Cerca de Sommerville un fotógrafo del Journal-American de Nueva York le gritaba: “Compramos una historia exclusiva y ¿no podemos obtener una fotografía de ellos mirándonos?” Del otro lado de Sommerville un grupo de corresponsales británicos se quejaba porque la policía no lo dejaba pasar a la sala de prensa. Allí no había espacio para nadie más e incluso un policía intentó expulsar a un ejecutivo de Capitol Records que llegó sin identificación.

Los locutores, equipados con grabadoras, apuntaban sus micrófonos cilíndricos hacia la turba. Los flashes de las cámaras estallaban. Desde la parte trasera del lobby llegó la noticia de que dos chicas se habían desmayado. Carraspeante y agobiada, la quijada de Sommerville pronunció una frase con acento fatal: “Esto se ha salido por completo de control”. Sommerville es el jefe de prensa de un grupo de rock and roll conocido como The Beatles. Y el avión de éstos ha aterrizado.

Entre una fanfarria de chillidos, emergieron cuatro jóvenes británicos con trajes eduardianos. Uno era de corta estatura y labios grandes. Otro era guapo y con vello de durazno en el cutis. Un tercero tenía un rostro que denotaba agudeza y dientes de conejo. En el cuarto los restos de acné juvenil eran notables. Sus nombres eran Ringo Starr, Paul McCartney, John Lennon y George Harrison, pero resultaban indistinguibles detrás de sus melenas.

Luego de ser llevados a la atiborrada sala de prensa, Brian Sommerville, actuando como un maestro de ceremonias, ajustó su mandíbula y reconvino a los reporteros: “¡Caballeros, caballeros, se quieren callar!” La primera pregunta de la prensa estadounidense fue: “¿Creen en la locura?” “Sí”, respondió uno de ellos, “es saludable”. Otro reportero cuestionó: “¿Podrían cantar algo, por favor?” “No”, respondió otro Beatle, “necesitamos primero el dinero”. Una periodista más dijo: “¿Esperan llevarse algo a casa a su regreso?” “Sí”, dijo otro Beatle. “El Centro Rockefeller”. Al principio, pocos de los reporteros podrían recordar cuál Beatle era cuál. Pero luego de su visita de dos semanas en Estados Unidos, cada uno de ellos se convirtió en una estrella.

Histeria y ositos de goma
En Inglaterra de manera consecutiva The Beatles tuvieron cuatro éxitos y hordas de adolescentes comenzaron a seguirlos por todo el país, pero no fue sino hasta que tocaron en el London’s Palladium que para varios miles de fans los integrantes del grupo se volvieron héroes nacionales. Tuvieron que ser rescatados por la policía. “Bueno, no hubo asesinatos ese día”, recuerda Brian Sommerville. “No hubo guerras, invasiones, ni grandes crisis de estado, y The Beatles fueron la única buena historia que los periódicos londineneses tenían, así que le dieron un gran despliegue”.

En Estados Unidos, Capitol Records, que posee los derechos para cualquier lanzamiento de EMI inglesa, desechó al principio los discos de The Beatles. Mas como la locura creció, no sólo los lanzaron, sino que invirtieron 50 mil dólares para promoción. Ese empujón contribuyó a agitar el interés de miles de fanáticos que saludaron a The Beatles en el Aeropuerto Kennedy. Muchos millares más los esperaron en el Hotel Plaza de Nueva York. Afuera del edificio, estrujada por las barricadas instaladas por la policía, la multitud cantaba “¡Queremos a The Beatles! ¡Queremos a The Beatles!” De acuerdo con una camarera, The Beatles encontraron a tres chicas escondidas en las regaderas. Otras docenas de fans subieron por las escaleras de emergencia hasta un ala del piso 12, en el cual el séquito del grupo los escondió. E incluso otro más, con nombres de familias prominentes, se hospedaron en el hotel y trataron de encontrarse con The Beatles en los ascensores.

En ese piso los muchachos descansaron en su suite, mientras los teléfonos repiqueteaban con interminables solicitudes de entrevistas y autógrafos. Una llamada era de un hombre que quería producir ceniceros con el nombre del conjunto. Otra era de un promotor en Hawai que quería agendarlos.

Los telegramas llegaban a manos llenas y las cartas de admiradores arribaban en cajas. “Recibimos 12 mil cartas al día”, dijo Ringo más tarde. “Sí”. Añadió John. “Y vamos a responder cada una de ellas”. Los managers de la gira, mientras tanto, estaban ocupados firmando autógrafos de The Beatles en fotografías y las camareras llegaban con mesas cargadas con todo tipo de bebidas.

Como la estancia de The Beatles en el Plaza se alargó, así lo hicieron las multitudes. Cada ocasión que The Beatles dejaban el hotel, las hordas rompían las líneas policiales en un embrollo de zapatos perdidos, chicas tropezándose y camisas empapadas de sudor. The Beatles, mientras tanto, pasaban su tiempo viendo televisión, cenando en el 21 Club, turisteando desde el automóvil, bailando twist en el Peppermint Lounge y coqueteando con las camareras.

El resto de la gira de The Beatles en Estados Unidos tuvo escenas similares. En Washington, donde el cuarteto llegó en un tren privado llamado “Rey George”, dos mil fans los esperaban arracimados contra las puertas cerradas de la Estación Unión. En su concierto en el Coliseum esa noche, The Beatles fueron bañados con flashes de cámaras fotográficas, prendedores para el cabello, caramelos y ositos de goma de dulce, y en algunos instantes hasta una bolsa llena de esas golosinas. “Lastiman”, dijo Ringo después. “Se sienten como granizo”.

Cuando volaron a Miami, fueron saludados en el aeropuerto por un chimpancé, cuatro bellezas en trajes de baño, un embotellamiento de cuatro millas y siete mil jóvenes que hicieron añicos 23 ventanas y una puerta de vidrio. El ingeniero de vuelo del avisón usó una peluca estilo Beatle. Cuando éstos descendían, la esposa del presidente de National Airlines, acompañada por sus dos hijas adolescentes, intentó acercarse a ellos, pero fue bloqueada por Sommerville, quien como vendaval le gritó: “¡No, no, madame! ¡No podemos perder el tiempo dando autógrafos a familiares de los empleados!”

Después de su gira por Estados Unidos, The Beatles regresaron a Inglaterra para filmar su primera película. Cuando hicieron escala en el Aeropuerto Kennedy para cambiar de avión se encontraron de nuevo con miles de adolescentes gritándoles desde todos los edificios de la terminal tras haberlos esperado durante horas. Cuatro chicas se desmayaron. Cuando se marcharon, Estados Unidos nuevamente se volvió a relajar. (Aproximación: JQ)

Por: Zuz Pop | Speaking in Tongues | Comentarios (0) | Referencias (0)

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