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Jueves, 07 de julio de 2005

La dedicatoria que aparece en una fotografía, dirigida a uno de sus clubes de fanáticos diseminados en el orbe, describe a la perfección la alianza que existe entre esa minoría secreta y una cantante que ha sabido transgredir las leyes de la física, convirtiendo el sonido en luz: “A mis soñadores. Kate Bush”.
El empleo de la palabra “soñadores” no es gratuita. Desde hace 27 años y con apenas siete álbumes, esta poliédrica mujer ha erigido una carrera donde la invocación y los resortes del inconsciente han hecho más por ella que los videos y los conciertos. Semejante virtud, que es contraria a lo que recomiendan las reglas del marketing, proviene del hecho de que Catherine Bush, nacida hace 47 años en el Bexley Health Maternity Hospital, en el sureste de Londres, ha puesto su inteligencia y su sensibilidad al servicio de una imaginería excéntrica y sublime nutrida por la literatura —a Emily Brönte y a Shakespeare los devotos de Bush les debemos, tangencialmente, “Wuthering Heights” y “Get Out of My House”—, por la innovación plástica —ser alumna de Lindsay Kemp a los 18 años le permitió aprender, en sus palabras, que cuando “el cuerpo está despierto, también lo está la mente”— y por la incesante exploración sonora —marcada desde la infancia por su hermano Paddy, especialista en extraños instrumentos de cuerda, y por sus alianzas con gente como Roy Harper, Prince y Michael Kamen.

Kate Bush aprendió de The Beatles que, más que el tránsito por los escenarios, los álbumes son los que forjan en los escuchas el retrato más dinámico del intérprete. Es así que la autora de “Suspended in Gaffa” ha hecho del estudio de grabación un lienzo para plasmar a un personaje femenino complejo, capaz de ofrecer feroces ofrendas a la sexualidad —como en algunos pasajes de The Dreaming (1982)—, arroparse en una ingenuidad y ternura casi infantiles (“The Big Sky”, “Them Heavy People”, “Ran Tan Waltz”), transformarse en un ser que ha bebido la cicuta del desamor y la pérdida y vive para contarlo (“Never Be Mine”, “This Woman´s Work”), o bien entregarse al instinto a sabiendas de que el destino ya le ha tendido trampas para arrastrarla a terrenos del dolor (“Between a Man and a Woman”). Es decir, a lo largo de 27 años, con álbumes como Lionheart (1978), Never for Ever (1980), Hounds of Love (1985) y The Sensual World (1989) y también largos silencios, Kate Bush ha creado no un personaje, sino un retrato a varias voces de los sentimientos femeninos. De allí que para las mujeres su obra sea laguna de azogue, y para los hombres un océano de contradicciones que atrae e intriga al mismo tiempo.
Sin embargo, más allá del reconocimiento de sus fieles, esta cantante parece empeñada en que la obra trascienda a su creadora y no ha permitido que de su intimidad se extraiga tinta. Reticente a hablar de su vida personal en entrevistas, alejada de los escenarios desde 1979 —con sólo un puñado de ya lejanas y furtivas apariciones en conciertos para Amnistía Internacional y por otras causas benéficas—, Bush no intenta ser una versión femenina de J.D. Salinger, pero cuida su imagen con un celo ejemplar. “No me veo a mí misma como una ‘personalidad’, así que hace mucho tiempo decidí que sólo haría publicidad si ésta se conectaba con mi trabajo. Hacer una entrevista cuando no tengo un álbum que promover me parece que no tiene sentido”, dijo a la revista Q a finales del año 2001 en la segunda entrevista a esa publicación británica concedida en nueve años.
Tal empeño por ampararse en el silencio y en la discreción no le han servido para que el público la olvide, al menos en Reino Unido, donde hace seis años la publicación antes citada realizó una encuesta entre más de 150 mil personas para saber quiénes son las mujeres que, en materia musical, mecen la cuna. Allí, esta compositora que se ha ganado hasta los elogios de Johnny Rotten, que le dijo públicamente “Tu música es chingonamente brillante”, ocupó el tercer puesto en las preferencias, apenas atrás de Polly Harvey (en primero sitio) y Madonna, y situándose arriba de Joni Mitchell, Patti Smith, Laurie Anderson y kd lang.

Semejante recuento le sorprende —“La gente ha sido increíblemente paciente conmigo”, declaró a Q—, pero no le quita el sueño ni la ha obligado a entrar al estudio para mitigar la sed de sus admiradores, muchos de los cuales, desesperados ante el silencio, han tenido que convivir con innumerables rumores sobre la decadencia de su musa: desde que lleva muy mal problemas de sobrepeso, que el rompimiento sentimental con Del Palmer (su bajista de cabecera) le ha causado trastornos mentales, que el cigarro ha arruinado su timbre... o algo aún más atroz: asumir que Tori Amos es heredera directa de esa imaginativa mujer que abreva de amplios conocimientos del folk europeo y de una artística multiplicidad de personalidades (¿esquizofrenia?) que encuentra alivio con la música.
Desinteresada en apagar esas habladurías, hoy Kate Bush se asume como la proveedora madre de un niño de diez años, nacido de la relación con Danny McIntosh (guitarrista en el álbum The Red Shoes). Fácil es entonces prever que la asunción de la maternidad hará que un nuevo álbum de ella sea una noticia que llegará dentro de varios años o tal vez nunca.
Sus siete álbumes, a los que hay que añadir un EP en concierto, una antología de éxitos y dos CDs con lados B, remixes y otras rarezas (disponible este par sólo en un box-set editado en Japón y Reino Unido) bastan y sobran, sin embargo, para llenar la vida más de uno. El repertorio en esos discos contiene una vasta galería de mujeres que, sin arranques feministas, da una idea de lo que el corazón de ellas solicita y ofrece. Sus personajes portan ternura, sagacidad, sensualidad, cinismo, fascinada parálisis ante la lujuria, hondura infantil, candor, esperanza porque con la tormenta llegue también el albor, rabia convertida en responso, orgullo de su sexualidad...


CHILD IN HER EYES. La magia de la infancia, multiplicada.
Fotos: gaffaweb
Ocupándose por igual del cuerpo y del espíritu, el universo lírico de Kate Bush se mece entre la luz y la sombra sin detenerse en alguna área de manera definitiva. Si en “Symphony in Blue” refiere que hacer el amor es la mejor actividad física y que hasta mejora la circulación sanguínea, y en “Eat the Music” el símil entre la fruta y la naturaleza femenina es absoluto (“No sólo las mujeres sangran”), del otro lado en “Love and Anger” desecha por igual al amor y a la rabia, pidiéndole al otro ser que sólo deje “que un poco de esperanza nos mantenga unidos” y en “Never Be Mine”, a pesar de que afirma haber hallado “el lugar donde quiero estar” porque allí todas sus necesidades podrían ser satisfechas, reconoce que ese sitio nunca será de ella.
En “Running Up That Hill”, tal vez la única canción que de ella se conoce en México, Kate Bush le reclama a Dios por poner tantas trabas al puentes que dos quieren tender y le sugiere que se ponga en el lugar de uno de ellos para que sufra aquello que en el cielo no se conoce. Quién sabe si el Creador la ha escuchado, pero quienes nos hemos adherido a su demanda, le agradecemos que un reproche sea pronunciado con tanta belleza y excelsitud.
Por: Zuz Pop | Perfiles | Comentarios (1) | Referencias (0)
Cáspita, tengo como cinco días buscando ese artículo sobre The Dreaming. Prometo obsesionarme hasta encontrarlo.
Gracias a la señora de los sueños :)
cerdiloba | 14-07-2005 03:26:51