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Sábado, 22 de octubre de 2005

Para David Cortés,
el mayor suscriptor a Tzadik en estas tierras
Alguna vez, John Cale dijo que aspiraba a que su música pudiera transformar el clima. Lo de hace rato alcanzó un nivel más íntimo, pues modificó la temperatura de cada uno de los cuerpos que llegaron a Bellas Artes en pos de un desafío, de una sorpresa, porque con Zorn (que tiene creo que más de 200 álbumes) no cabe lo predecible.
Uno deja de inhalar cuando está al borde, cuando la emoción te aprieta el pecho... cuando estás oyendo a Zorn recorrer toda la paleta sonora de un saxofón en el que cabe toda la dulzura y la angustia. Chilla, regurgita, apalea, musita, grita, vuela, ahoga, te violenta, te arroja y te mece... todo en ochenta minutos y valiéndose lo mismo de la gramática incendiaria del free jazz (donde el ruido y la música alcanzan a ser unidad) que de mantras orientales que algo tiene de lamento, de seducción.
No fue un concierto para admiradores del almíbar de kenny g (que con su dizque jazz ha provocado varios comas diabéticos). Hubo gente que se salió indignada a los 10 minutos. Quién sabe si habrán ido a taquilla a reclamar un reembolso que no merecen por su esnobismo y su ignorancia.
Y es que Zorn es, fuera del escenario, un mamón, fatuo y presumido, pero cuando lo oyes en el foro es fácil entender que esa vanidad que lo ha hecho chocante ante la prensa y no pocos admiradores (o a lo mejor ex admiradores) es, en realidad, la de un kamikaze que ha salido vivo, pero no indemne, de varias operaciones.
Ahora que la música es, en los medios electrónicos, un nido de obviedades, predecibilidad y oquedad, se agradece que alguien se acuerde del poder provocador del sonido. Y qué bueno que muchos se rieron cuando Zorn le quitó la boquilla al sax y sopló en este con sonidos que parecían flatulencias o trompetillas. Con el amplio kilometraje discográfico y de conciertos que Zorn tiene, se ha atrevido —como pocos— a recordarnos que la música para las caricaturas que hizo Carl Stalling (el de Bugs Bunny, el Pato Lucas y muchos más) es también vanguardia. Y allí, en medio de esa cacería del momento musical puro, transparente, se asomaron esos sonidos onomatopéyicos (un tosido, un eructo) que nos permitieron volver a ser niños; es decir, a ser francos, o lo que es lo mismo: a bostezar si la música nos da hueva, o bien a quedarnos en la orilla de la butaca, con las manos sudorosas, con un calor que va y viene y nos golpea en el rostro, con unos pulmones vacíos, con una taquicardia que anuncia ese momento de magia: cuando la música cobra forma y puedes olerla, apresarla, sentirla en cada poro.
Pero no todo fue gozoso azar en equilibrio. Para darle a la gente un respiro (y dárselo también él), entró en complicidad con los suyos (tres percusionistas y un contrabajista) y con "Masada" tendió paisajes más ortodoxos, pero no menos evocativos.
La unidad de los integrantes nació no sé si de una afinidad espiritual (¿los reclutaría por su signo zodiacal?) o de casi militares ensayos. Zorn no deja ningún detalle suelto y estuvo al pendiente de cada timbre, de cada palabra en ese diálogo. Coordina, dirige, marca entradas y salidas, ordena el ataque.
¿Ruido? La música es la suma de ruidos que calificamos como convencionales. Lo de Zorn fue distinto. Desde el ruido nos llevó a descubrir la música y ésta apareció, espesa y casi palpable, pegada a tu cuerpo... tan adherida a ti que tu organismo se olvidó de sus propias necesidades: dejó de respirar. Zorn lo estaba haciendo por ti. (29 de marzo, 2003)
Por: Zuz Pop | Those were the gigs | Comentarios (0) | Referencias (0)