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Viernes, 18 de noviembre de 2005
Para Delia
Gang of Four siempre ha hecho las cosas de manera extraña. A principios de los ochenta sus integrantes jamás aparecían en las portadas de sus discos (pero sí en la contraportada del debut de The Mekons, The Quality of Mercy is Strnen), sus nombres apenas si se alcanzaban a leer y tan desconocidos eran por estos lares que al Aurrera de Aeropuerto llegaron hacia 1987 el EP amarillo y Entertainment! a un precio de ganga que ya ni Los Xochimilcas recibían (por hablar de otra institución). Poco después, en una discotienda llamada El Sonido Discotheque, ubicada en Génova casi esquina con Reforma —el edificio que la albergaba está siendo demolido en estos días— hallé, obscenamente barato, el single de "I Love a Man in Uniform".
En aquellos años se les emparentaba con sus también vecinos en Leeds, The Mekons, o con rabiosos informados y concientizados políticamente como Delta 5, Au Pairs, The Raincoats y The Pop Group, y aunque los de The Beat y The Specials también leían periódicos, la música de Go4 estaba lejos de incitar al desmadre con elementos tan familiares y catchies. Había un tinte de funk, pero sonaba tan pervertido como si los canallas de PiL hubieran intoxicado a James Brown con cerveza oscura y panfletos de izquierda, y luego lo invitaran al jam.

No festivo, sino urgente era su sonido. Que tres de sus integrantes hubieran emergido de Ciencias Políticas los hacía tendientes al rollo, pero sin ganas de echarse a la carretera con guitarras de palo y canciones mesiánicas, optaron por sacudir a la gente con una refinada crudeza que incluía una aplastante sección rítmica (después Dave Allen se fue con su bajo a Shrieckback para proponer la dislocación como gozo... sus mejores contribuciones están en los discos bajo el sello Y) y la guitarra de Andy Gill, quien en palabras de Delia M, ofrecía una "codificación de signos con su instrumento, y con él, en lugar de tocar, declara". Antes que Bill Frissell nos llenara de angustia, Gill ya ejercía esas artes de sonar —en apariencia—nervioso, errático, como acercándose a las cuerdas en el más primigenio sentido, sucio pero —de allí su trascendencia— orgánico. Nada de arpegios sedosos ni solos volcánicos, puros riffs truncos, latigazos en tonos ajenos a los sugeridos por los manuales de guitarra. Gill toca como si nunca hubiera escuchado a Sterling Morrison, Eddie Van Halen, Jimmy Page, Johnny Thunders ni a Steve Jones. Tal vez el único a la par de él fue Robert Quine (1942-2004) y su hijo no reconocido es Marc Ribot.
(Continuará...)
Por: Zuz Pop | Perfiles | Comentarios (0) | Referencias (0)